Juan José Morosoli se reúne con “Isidro el chileno” (segunda parte del relato de Luis Domingo Pastorino)

  • Recordaba el periodista Luis Domingo Pastorino, en 1981, a este personaje de Nico Batlle, Isidro el chileno, con  gran destreza.  Comerciante de variedad de artículos,  vecino comprometido y pintoresco, que estuvo cerca de ser un personaje de Morosoli.

Dada la extensión del artículo, lo dividimos en dos partes. Aquí la segunda, que completa con certeza al personaje, y nos acerca al periodista, que forma parte del relato:

…En el breve interregno entre la finalización de mi ciclo escolar y la ubicación en la función presupuestada, en ocasiones propicias dialogué con Isidro. Siempre hallé en él el consejo sensato, la charla interesante. Por supuesto que era un buen lector.

Cierta vez me dijo que en aquel rancho habíanse gestado las tratativas de paz, culminadas el 22 de marzo con la firma del Pacto de Nico Pérez.

La influencia de los comentarios del vulgo, quitó en mí, credibilidad a la aseveración. A los años, leyendo la sugestiva novela Fuego Rebelde, de mi camarada de juventud Omar Moreira, caí en la cuenta de la factibilidad de haber sido esa una verdad no creída al imaginativo comerciante.

Nunca supe la condición en que ocupaba el inmueble. A la pregunta de en qué región de Chile había nacido, Isidro me sorprendió con la enfática declaración de ser oriundo de Santa Rosa, Canelones, donde “muy niño aprendí a manejar el azadón”, reafirmó.

Morosoli, por el año 48 fue a Batlle y Ordóñez (ver enlace) con el auspicio de la Fundación Dr. Giannarelli, a leer una conferencia.

Juan Tozzi Pini, tío político del intelectual, le invitó para visitar a Isidro. La mañana siguiente fuimos los tres. Presentado el visitante, la alegría de Isidro fue notable. Enseguida le embargó un fugaz estado de arrobamiento. la prosa cálida de Morosoli lo pinchaba suavemente, tentando encontrarle en las respuestas, aristas de su personalidad. Isidro contestaba con mesura.

Cuando el consagrado autor observaba el reloj,  el comerciante solicitó permiso. Se dirigió al dormitorio y retornó en segundos, portando una estatuilla plateada que, si no me equivoco, reproducía una sirenita.

“Acépteme este obsequio como recuerdo de su visita, don Juan José. Me aseguraron que perteneció a monseñor Jacinto Vera, primer obispo de Montevideo”. Morosoli, en la calle, comentó que aunque no hubiera pertenecido al religioso, era innegable que la estatuilla era muy antigua y hermosa, agregando palabras de reconocimiento para el dadivoso.

Coincidentemente, en la Escuela Nº 4 de la localidad, ejercía magisterio un joven pintor minuano amigo del escritor. Este le encomendó retratase al carismático almacenero. A los meses contempló la pintura en la biblioteca de Morosoli.

Es la magnífica y fiel pintura expuesta actualmente (1981), en la Sala “Juan José Morosoli”, Casa de la Cultura de Minas, firmada en 1949, por el hoy muy bien cotizado Olegario Villalba. (aquí podemos conocer su obra)

Años atrás tuve noticias de Isidro, que no he confirmado. Muy anciano, habría retornado a los pagos natales. Tal vez ni los muros del histórico boliche existan.

El milagro de un artista, eventual docente de primaria, logró, por el hechizo del pincel y el color, el rescate justo para el recuerdo merecido.

Domingo Luis Pastorino

Desde Nueva Helvecia, por correo, recibí de  Omar este viejo periódico que guardó como un tesoro de su amigo Pastorino, el periodista, como me decía, con esta pequeña nota. Quería contar la historia de Isidro Craxel, le quedó pendiente, y merecía ser compartida. Sólo nos faltó el retrato, tal vez en una visita a Minas, podamos ubicarlo.

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“Isidro el chileno”, en el mes de la nostalgia (primera parte)

En el barrio donde crecí, frente a mi casa, existía un ranchito que fue decayendo hasta caer. Muchos años después, vine a conocer un poco de su historia, gracias al incansable Profesor Omar Moreira, que, como siempre, generosamente me enviaba materiales relacionados con este pueblo que tanto quiso.

Comparto aquí el artículo que  apareció en el periódico La Unión de Minas, en el año 1981, y que recrea  un pintoresco almacenero de los años 30 y su comercio, de forma detallada y maravillosa. El texto es de un periodista también vinculado a nuestros pagos.( Para muchos, seguramente hay términos desconocidos, pero tal vez algunos lectores recuerden muchos de los detalles que aquí aparecen: ideal para la Nostalgia)

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El simple anuncio materno de ser al comercio de Isidro que debíamos concurrir en procura de provisiones, sustituía en nuestro semblante el frecuente desgano ante la suposición errónea, por un exultante chispear de ojos gozosos.

Qué párvulo de mi tiempo -niño o niña de las inmediaciones- no experimentó la misma sensación en idénticas circunstancias-¡cuál no llegó al último rancho de Bulevar Artigas (acera este, entre De los Treinta y Tres y 19 de Abril), con el paladar endulzado de antemano, convencido de que, adquiriera o no allí los encargos, “la yapa” de pequeños trocitos coloridos de apariencia vítrea, no se haría esperar!

En un par de caramelos suizos, comercializados entonces a “ocho por un vintén”, o un napoleón, bizcocho seco, chatito, marrón, Isidro Craxel, el chileno, más que un obsequio entregaba la certificación de su afecto al vecino cliente y a los chicos comisionados.

Invariablemente se refería a estos llamándoles “machito” si era varón, y “tita” siendo niña.

Singularizaban su estampa el corte de cepillo, bigote amplio recortado, blusa de brin descolorido, solamente prendida en el botón del cuello y pantalones inconciliados con la plancha. Sin duda esto, consecuencia de su obstinada soltería.

Comenzando los años 30, Isidro ya ocupaba aquel edificio de piedras y quincha espesa, al que, sin grietas, fácilmente se le advertía la vetustez en el deterioro de la paja y desprendimientos de revoque. Situado a pocos metros de la línea de la acera, la ventana a la izquierda del visitante, daba luz al escritorio. La  de la derecha, correspondía al dormitorio. La única entrada desde la calle franqueaba el despacho.

Hasta la altura de la pared trasera, estantes colmados de envases. Latas multicolores con exposición transparente. Cajas trascendidas por el aromático sabor del contenido. Botellas lacradas y etiquetadas fuera de fronteras. Bolsitas de cascarilla, cocoa, harina de maíz. El rincón ferretero, junto a la pila de ropas masculinas de trabajo.

Entrando, a la derecha, los cajones de fideos. Suspendidos del envarillo, artículos de enigmática procedencia, casi todos usados a los que la inventiva frondosa del comerciante desplazaba el añoso polvo que los cubría, haciéndolos ver con un halo brillante, gracias al toque mágico de su leyenda.

“Si te digo, Machito, que a esa guitarra la usó Gardel, tendría que hablarte mucho”. “No, Tita, ese espejito no te lo vendo; quiero conservarlo, era de…Libertad Lamarque”. “No aseguro, pero tengo el dato que aquel rebenquito trenzado fue de Fructuoso Rivera”. “Como para no estar roto el forro de esa boleadora. Era de Aparicio”. Héroes y artistas personificados en útiles característicos de su quehacer esencial.

Nadie le creía, pero sabiéndolo sin propósitos de lucro en caso alguno, en sus afirmaciones se interpretaba la sincera admiración suya por los presuntos primitivos dueños de los objetos.

Cuando cien pesos era mucho dinero, y pocos comercios renombrados lograban ese ingreso diario, mi padre necesitando cambio me mandaba allí. Isidro iba al dormitorio, sacaba el baulito de abajo de la cama y volvía con el equivalente.

Claro que yo tenía recomendación terminante de no insinuar la permuta en presencia de personas que no fueran mayores, muy conocidas de la vecindad.

Orador fúnebre infaltable en cuanto sepelio hubo en el pueblo, adelantábase al cortejo y esperábalo junto a la tumba. Trajeado rigurosamente de negro, sombrero alto de fieltro sin moldear, moña de cinta volandera.

Apretados los dolientes en el último instante de proximidad física con el fallecido, Isidro extraía del bolsillo el manuscrito, y en tono compungido comenzaba la oración. En muchas oportunidades recurrió al pañuelo para enjugar sus lágrimas. En el entierro de un nonagenario le ocurrió un percance anonadante. Los párrafos del discurso se justificaban, hasta llegar a: “esta fosa tan prematuramente abierta…”

Sonrieron unos cuantos y más de uno no pudo reprimir la risa. Ese discurso lo había pronunciado días pasados en la despedida de un niño. Una furtiva transposición de papeles motivaba el ridículo.

Su vecino inmediato era don Pedro Alvariza, padre. Platicaba a diario con Isidro, que atendía gustoso al anciano. Este tenía mentas de ser hombre de pelo en pecho, pronto de genio y armas llevar. Aludía a Laurindo Gutiérrez, acaudalado terrateniente de Olimar Chico a principios del siglo. Cuando finalizó, Isidro recordó una difundida versión, quizás adornada por él para hacerla más grata al interlocutor: “Sabe, sabe, don Pedro, sabe, Laurindo Gutiérrez compró una caja de fósforos cuando tenía quince años, murió de ochenta y seis y le quedaba tres”. Trémulo le enfrentó el anciano: “Pero trompeta, como vas a decir eso de tío Laurindito”!!

Los ademanes no eran tranquilizadores. Sin embargo, las solícitas disculpas del inculpado, y el aprecio mutuo, obraron eficazmente.

 

isidro el chileno

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Con “El alma enterita”…

Este 24 de Agosto partió en su último viaje el Profesor y Escritor Omar Moreira, a quienes muchos conocían como “el Gaucho”.

No es fácil escribir sobre alguien que fue tantas cosas. Es imposible encerrar en unas líneas  una vida tan fructífera, pero siento que se merece que este pueblo al que tanto quería, lo tenga presente.

Nacido en 1932 en  Puntas del Cordobés, Cerro Chato, Durazno. Vivió en la campaña de Treinta y Tres. Cursó el Liceo en nuestra localidad, bachillerato en Montevideo y luego el Instituto de Profesores Artigas donde se recibió de Profesor de Literatura.

Ejerció la docencia en los liceos de San Carlos, Mercedes, Nueva Helvecia y Colonia Valdense. Destituido por 10 años en la época de la dictadura, reingresó en la dirección del Liceo Daniel Armand Ugon de Colonia Valdense, donde desarrolló una labor conciliadora, sin rencores, en  momentos muy difíciles. Plasmó en su libro “Un liceo Abierto” esas vivencias, donde puede verse su calidez humana y la respuesta que obtuvo de la comunidad.

Se desempeñó luego como Inspector de Institutos y liceos. A todos los cargos accedió por concurso.

Trabajó en innumerables actividades culturales en Colonia, dedicándose además a la investigación y a la producción literaria. Fue reconocido como Ciudadano Ilustre de esa ciudad en Mayo de este año.

Estos son apenas algunos detalles de lo que hizo en su vida este hombre de inagotable energía y generosidad, que tenía la grandeza de acompañar compartir, aconsejar, impulsar, generar vínculos…

Su personalidad creativa y dinámica lo llevó a desarrollar una vida sumamente productiva, no solo en lo literario, donde se destacó en una vasta obra que ambientó en muchas ocasiones en nuestro entorno cercano, algunas aún sin publicar.

En 2003 estuvo presente en la celebración de los 100 años del Pacto de Nico Pérez, logrando que se reeditara un libro ya agotado, “Crónica de la Revolución Oriental de 1903” de Roberto J. Payró, periodista de “La Nación” que llegó hasta nuestro pueblo para registrar este hecho histórico local.

Durante el año 2012 tuve el gusto de trabajar junto a él en la construcción de un espacio en internet dedicado a revivir la memoria de su época de estudiante en estos pagos a los que tenía siempre presentes: sus tiempos de estudiante en el Liceo de Batlle y Ordóñez, al que llegó desde el medio rural, para encontrarse con un espacio muy distinto, enriquecedor, que le permitió desarrollar sus talentos, generando desde su participación en la Asociación de Estudiantes, el periódico “Hacia la luz”.

En  “Lluvia de estrellas en Nicobatlle”, comienza diciendo: “Escribir sobre mi aldea por adopción, es desde el punto de vista sentimental, conceptual, de estímulos,  saldar una deuda de gratitud por lo vivido entre los años 46 y 50 en el viejo Nico Pérez o en el moderno Batlle y Ordóñez o el actual Nico –Batlle. En esos años entre deslumbramientos se decidió mi vida futura: mi vocación como docente, como escritor, como ciudadano, en la formación familiar.

Y el pueblo Nico Pérez pertenece a nuestro país, y vivió o vio vivir los tiempos históricos del mismo y por tanto aunque más no sea un eco de la del mundo en el entendido que no hay historia que no sea universal, tenía aunque joven,  su tradición

Este relato no es estrictamente personal y nostálgico, sino que trata de rescatar el pasado de un pueblo, en ese entramado que son las relaciones humanas con el sello de una determinada circunstancia, tiempo y lugar”.

El año pasado, programó una visita a Batlle, para compartir su cuento, aún inédito, sobre Benito Mondo, personaje de nuestra historia local que bien conoció. Lamentablemente, la visita no pudo concretarse por problemas de salud.

En este último mes donde se diagnosticó su enfermedad, de la que nos enteramos por sus propias palabras en Facebook, (vaya valentía!), hubo un sinnúmero de personas que escribieron rondando la misma idea: Destacando su don de gente. Es que Omar supo generar redes, tender puentes, a la vez que trabajaba en múltiples obras, proyectándose  a futuro, sabiendo que corría contra el tiempo.

Cada uno lo ha recordado desde sus distintos  roles: Docente, amigo, escritor,  compañero, vecino… incluso algunos que no lo conocían personalmente, pero con quienes tenía fluido intercambio a través de internet.

Siempre terminaba sus mails con un “la seguimos”… y así será sin duda, Omar, un hombre que supo vivir con la humildad de los grandes, y que seguirá estándolo en su obra, en cada uno de esos personajes que revivió en sus libros: “he entregado la visión del mundo que me tocó vivir y he querido dar voz a los que han vivido a la sombra del muro de la vida”. Un hasta siempre para Omar Moreira, quien supo mantener, como dijo su hermano, “el alma enterita” hasta el fin de sus días.

Llegue a su familia y amigos el abrazo desde NicoBatlle.

Cristina

 

 

Compartiendo historias en el mes aniversario de Nico Batlle

“Los hombres llamados a diagramar el pueblo, atareados iban y venían, en el amojonamiento, entre jalones, carros con implementos de mensura. El Agrimensor Carlos Búrmester-centro de consultas-ya había terminado la mayor parte de los trabajos de amanzanamientos, trazados de calles, del marcado de los terrenos destinado a quintas o huertos.

La primera parte de lCarlos Búrmestera avanzada, peones criollos y napolitanos, capitaneada por el mismo agrimensor, estuvo encargada del delineamiento, mediciones, levantamientos de planos, en implantar las señales del gran trazado. Como ese invierno de 1882 fue muy duro, y los italianos se negaban a trabajar aduciendo que la helada era nieve, Búrmester los amedrentaba disparando su revólver al aire. Tan insólito método provocaba la risa y burlas de los paisanos.

Ahora entraba el resto de la vanguardia: el escribano acompañado de sus clientes, los ladrilleros-ya se veían  los humos de los hornos sobre las puntas del Sauce que allí era una simple cañada -los carreros, albañiles, rancheros, carpinteros, herreros, panaderos, fonderos. Luego vendrían, confiteros religiosos, médicos, y fabricantes de diversión. En toda esa inmigración calificada su inmensa mayoría sería de origen italiano como en muy pocos pueblos del interior….

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Pedro Sarasola, 1852-1937 y su esposa Graciana Iriarte, 1854-1933, propietarios del Hotel, que fuera Posta de diligencias en los primeros tiempos.(Fotografía Ángel Orsi Sarasola “Nenino”). Abajo, la “Posta del Ángel”, una fotografía de gran valor histórico, obsequio de  Iris Alcoba de Maffioli (Pola).

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…Cuando Búrmester se ocupaba de ciertos delineamientos, a cordel, en la plaza, en el encuentro de Boulevard Norte-Sur y el de Este-Oeste, del clásico damero, se acercó al galope Fleitas, un viejo ayudante de campo de Búrmester. Acudía porque vio venir por el camino real -aún se le llamaba así- desde el norte,bordeando el cerro, una diligencia. No fue eso lo que  lo sorprendió, pues era cosa de todos los días, sino el hecho que la custodiaban varios hombre armados, a caballo.

-Traen al Clinudo y su banda. me lo dijo Alsina -informó-. Vamos a verlo, doctor…”

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-Bueno, vamos -contestó Búrmester, que había quedado pensando, en aquella banda que asolaba una vasta zona de Olimar…”

Fragmento del cuento “El Clinudo y su banda”,  del escritor Omar Moreira. 

Como siempre, Omar nos permite mirar nuestra historia local desde otra perspectiva, mezclando ficción y realidad, para conocer nuestras raíces, las que hoy permanecen en nuestra población, descendiente de aquellos inmigrantes  que trabajaron duro en la construcción del pueblo en el que vivimos.

Evocación del pasado  en este aniversario 133 que estamos celebrando.